Imagina una fábrica donde todas las máquinas están perfectamente calibradas, los operarios son expertos, y sin embargo, cada vez que alguien nuevo entra a trabajar, tarda tres semanas en entender qué hace cada palanca. Nadie diría que esa fábrica es eficiente. Y sin embargo, así funciona una enorme cantidad de proyectos de software y hardware: el producto es excelente, el equipo es brillante, y el conocimiento vive únicamente dentro de las cabezas de quienes lo construyeron.
La documentación no es un anexo cosmético del desarrollo. Es una fase de producción, tan real como el testing o el control de calidad, solo que, a diferencia de esas fases, no falla de forma ruidosa. Un bug rompe la aplicación en público. La ausencia de documentación rompe en privado: en la persona que se une al equipo y tarda el doble en ser productiva, en el cliente que abandona un producto porque no entendió cómo usarlo, en el ingeniero que hereda un sistema y tiene que hacer arqueología de código para entender una decisión que se tomó hace dos años y que nadie...